Por Altagracia Paulino
En las peluquerías, como la que suelo frecuentar, un espacio de esos donde antes el tiempo transcurría entre conversaciones, risas y páginas, todo ha cambiado, ya no es así.
La tarde del lunes 12 de abril parecía un día de brujas porque llovió mucho, hubo pequeños tornados, granizadas, grandes inundaciones en gran parte de la capital. Parecía una película de terror porque el cielo se oscureció a las tres de la tarde como si el sol se hubiera apagado. En mi sector estaba muy oscuro, pero no llovió. Me arriesgué a ir al salón, pero por la premura dejé el celular en la casa.
Confieso que sentí ese pequeño vacío moderno, esa ansiedad silenciosa que nos provoca estar desconectados. Entonces hice lo que durante años hacía de forma natural: pedí una revista.
La respuesta fue contundente: “Ya eso no se usa”.
Miré alrededor. Nadie levantó la vista. Cada una estaba absorta en su pantalla, deslizando el dedo con rapidez, atrapadas en interminables contenidos breves. No había revistas. No había libros. Ni el descanso que solíamos disfrutar.
Para mí fue una señal de algo profundo y, silencioso. Sin darnos cuenta, hemos ido aceptando que leer con calma es una costumbre vieja, una rareza.
Estos espacios nos regalaban más que servicios: ofrecían lectura. Revistas de moda, de cocina, de decoración, entrevistas, reportajes, incluso aquellas ediciones entrañables de Vanidades que acompañaron a generaciones enteras. Leer era parte del ambiente, casi sin proponérselo. Mientras llegaba el turno, podíamos toparnos con una historia, una receta, una entrevista o una idea inesperada.
Hoy, seguimos leyendo, pero de otra manera.
Leemos titulares. Leemos mensajes y comentarios. Consumimos información en fragmentos cada vez más pequeños. Todo es inmediato, rápido, desechable. Pasamos de una noticia a otra, de un video a otro, de una alarma a otra. Y en esa velocidad hemos ido perdiendo algo esencial: la capacidad de detenernos, de concentrarnos, de entrar de verdad en lo que tenemos delante.
Leer no es pasar los ojos por palabras. Leer es pensar. Es imaginar. Es cuestionar. Es construir criterio. Es relacionar una idea con otra, descubrir matices, advertir trampas, distinguir entre información, propaganda y ruido.
Cuando la lectura se reduce a segundos, también se reduce la profundidad. Nos informamos más, pero entendemos menos. Sabemos de todo un poco, pero reflexionamos menos. Y una sociedad que reacciona a titulares, sin contexto ni pausa, queda más expuesta a la manipulación, al prejuicio y a la mentira. Eso empobrece la conversación pública, la convivencia y la democracia.
Escribo un promedio de 500 palabras los viernes, algunos comentan: “muy bueno, pero muy largo”. Quiere decir que 500 palabras es un texto extenso para quienes han perdido el hábito de leer.
No es un problema de tecnología. El problema está en el uso que hacemos de ella y en lo que estamos dejando atrás sin darnos cuenta.
Aquella tarde entendí que no extrañaba la revista en sí. Extrañaba lo que representaba: un momento de calma, de concentración, de diálogo interior en medio del ruido cotidiano. Extrañaba ese pequeño espacio en el que la mente descansaba del bombardeo y se permitía seguir una idea hasta el final. Es preocupante lo que está pasando. Tal vez la solución no es volver al pasado, sino en rescatar lo mejor de él. Volver a llevar un libro en la cartera.

