Por Altagracia Paulino
En entregas anteriores nos hemos referido a las promesas de justicia social invocadas por los líderes que precedieron a la dictadura. Esa justicia social, llamada a acercarnos a la igualdad en derechos fundamentales como la salud, la educación, la justicia, la seguridad social y un sistema de pensiones para asegurar una vida digna a todos y todas, no se ha concretado en los hechos.
Esas promesas incumplidas han provocado un retraso de 65 años. Podemos asegurar que, en dos derechos fundamentales como la educación y la salud, las políticas públicas han servido para facilitarles la vida a sectores específicos, no a la población en general: proliferan centros educativos y de salud privados que limitan el ejercicio real de esos derechos ciudadanos.
Pese al incremento de esos centros privados, en ambos sectores no vemos progresos suficientes para sentirnos orgullosos. Nos quemamos en los sistemas internacionales de evaluación educativa y, en salud, no hemos avanzado ni siquiera en atención primaria.
Como nos hemos quedado atrás en esas dos cuestiones esenciales, se impone un proceso disruptivo que rompa los esquemas actuales y abra paso a los avances logrados. Ya pasamos de la era del conocimiento, anunciada hace 20 años, a la era de compartir nuestra inteligencia natural con la inteligencia acumulada por la humanidad a través de los siglos, convertida hoy en lo que se conoce como inteligencia artificial. Esa inteligencia, como el sol, irradia a la humanidad para que seamos más efectivos.
Observando los avances alcanzados en el ámbito de la salud con las herramientas de la IA, resulta innegable que debemos cambiarlo todo. Lo logrado en los últimos dos años permite pensar en un sistema de salud donde la precisión asombra. Ya no hay que adivinar ni suponer. Las pruebas y los errores han sido sistematizados.
La ciencia ha logrado identificar, incluso desde el útero, males genéticos y corregirlos. Los medicamentos específicos para cada persona no son ficción. Son reales, como también lo son los médicos y enfermeras diseñados para aplicar la medicina con la precisión que requieren estos tiempos.
Claro que, como pronosticó el premio Nobel Joseph Stiglitz hace 25 años, hay medicina para ricos, para clase media y para pobres. Y como decía mi madre: “La buena vida es cara; hay otra más barata, pero no es vida”. Con esto ilustro que los avances no llegarán a todos al mismo tiempo, pero con la velocidad de las innovaciones, pronto tendremos muchos de ellos a nuestro alcance.
Nuestro sistema de salud pública es obsoleto en su totalidad. Por eso, el decir y el hacer nos imponen una acción vinculante con el momento que vive la humanidad. El país no debe seguir administrando atraso mientras la ciencia cambia de velocidad.
Se casará con la gloria el gobierno que logre un sistema de diagnóstico clínico al alcance de todos. Eso no es difícil. Ya existe. La IA, con solo ver una radiografía o los resultados de unos análisis de laboratorio, dice lo que tienes y recomienda: “Dile a tu médico”. Y, como si fuera poco, si le muestras la receta, te indica si es correcta o no y hasta sugiere alternativas.
En El Salvador, el gobierno lanzó Dr. SV, una herramienta de inteligencia artificial al servicio de todos. Si funciona allá, ¿por qué no aquí?
La salud pública exige decisión, porque cada retraso institucional se paga con vidas humanas.

