Por Altagracia Paulino
Mi abuela tenía 64 años en abril de 1965. Cuando se enteró de que venía una invasión norteamericana, se puso malísima y hubo que calmarla.
Mi abuela tenía 64 años en abril de 1965. Cuando se enteró de que venía una invasión norteamericana, se puso malísima y hubo que calmarla. Recordó que su padre murió por una patada en el estómago propinada por un militar de los que invadieron el país en 1916. Vomitó sangre y murió pocos meses después. Ella no dio muchos detalles, pero al recordar las botas de los invasores, dijo: “Ustedes no saben lo que son esas botas”.
Ahora, con el libro “Los del monte”, publicado por el doctor Roberto Cassá, donde se refiere a los brotes rebeldes producidos en algunos puntos del Cibao y a la gran fuerza que tuvieron en el este del país, pienso que Juan Mena, el abuelo de mi madre, pudo haber sido por lo menos amigo de quienes se alzaron, por la forma en que murió.
Para mí, adolescente en abril de 1965, la intervención tuvo el matiz enseñado por la abuela y la realidad de ese capítulo de nuestra historia reciente: una herida abierta, una lección política y una memoria emocional que marcó generaciones. Escribir sobre ella desde la mirada de la adolescencia y contrastarla con sus resultados en la adultez permite entender no solo lo ocurrido, sino también cómo lo vivimos.
Para muchos jóvenes de la época, abril de 1965 era un tiempo de emociones intensas, incertidumbre y relatos fragmentados. Se escuchaban palabras como “revolución”, “constitucionalismo” e “intervención”, pero sin la profundidad que solo los años otorgan.
Francisco Alberto Caamaño, ese coronel que se casó con la gloria, merece todo mi respeto. Al pasar los años, comprendimos su dimensión al quedar al frente de un pueblo que había salido a las calles a defender la dignidad de la patria herida.
Cuando otros salieron del país y a él le ofrecieron millones de dólares para que se asilara junto a su familia, miró hacia atrás y dijo que no podía abandonar a ese pueblo que anhelaba libertad y democracia.
La capital y mi ciudad natal, San Francisco de Macorís, fueron escenarios de tensión. El sonido de los disparos, los rumores, el miedo en los hogares y la sensación de que algo trascendental estaba ocurriendo marcaron la memoria de quienes apenas comenzábamos a comprender el mundo.
La intervención de tropas de Estados Unidos fue percibida con desconcierto. ¿Ayuda? ¿Invasión? Para una mente joven, era la evidencia de la escalada de un conflicto que se extendería hasta septiembre de ese mismo año.
Lo que en la adolescencia fue emoción, con los años se convierte en análisis. Abril fue un intento de restaurar el orden constitucional tras el derrocamiento de Juan Bosch en 1963. Eso deben conocerlo los jóvenes. Debería ser parte de la educación formal.
No fue un hecho aislado, sino parte de un contexto regional marcado por la Guerra Fría, en el que cualquier movimiento político en América Latina era observado con sospecha por las potencias.
Es necesario entender que el progreso y la estabilidad política que tenemos son fruto de esa revolución, porque reivindicó la Constitución como herramienta para la paz y el desarrollo institucional. Debe quedar claro en la mente de las nuevas generaciones.
Esa es la razón por la que escribo lo que sentí entonces y lo que veo ahora: el fortalecimiento de una conciencia democrática que ha servido de base para las demandas de la institucionalidad que tanto necesitamos todavía.

