Por Altagracia Paulino
Mi padre decía: “La honestidad abre puertas”. Él practicó lo que predicó y, sí, lo recuerdo por su honradez. Era digno de confianza y así lo hablaron siempre sus contemporáneos.
Traigo el tema porque es preocupante el retrato que ha dejado nuestra sociedad esta semana. Son noticias que, aunque no tengan relación entre sí, terminan produciendo una misma sensación: algo está pasando con los límites que deberían ayudarnos a convivir.
El caso SENASA es una de ellas. La nueva fase de la investigación llevó al apresamiento de médicos, prestadores de servicios y otras personas vinculadas al sector salud. El Ministerio Público sostiene que se habría producido un fraude contra la aseguradora estatal por unos RD$15,000 millones. Son imputaciones que deberán demostrarse ante la justicia, pero la sola magnitud de lo investigado estremece. Estamos hablando de recursos destinados a la salud pública.
También el INABIE informó la suspensión de 14 proveedores después de detectar irregularidades en nuevas inspecciones a suplidores del desayuno y almuerzo escolares: cocinas que no pudieron ser localizadas, diferencias entre la capacidad declarada y la comprobada y deficiencias sanitarias, entre otras.
Y entonces aparecen las noticias de violencia, que nos confrontan con otro límite: el valor de la vida.
Hasta el 23 de septiembre se habían registrado 27 muertes en intervenciones policiales, según un levantamiento publicado por Diario Libre. Cada caso debe investigarse y determinarse conforme a la ley. Pero tampoco podemos asumir la muerte como una consecuencia inevitable de combatir la delincuencia.
El lunes recibimos otra noticia dolorosa: Zeneida Socorro Castillo, esposa del artista Julián Oro Duro, murió durante un ataque en su residencia. El músico resultó herido y permanece hospitalizado.
No debemos mezclar todas estas noticias ni atribuirles una misma causa. Pero sí nos obligan a mirar hacia el fondo y preguntarnos: ¿qué ocurre cuando una sociedad comienza a perder sus límites?
El límite nos dice que el dinero público no pertenece a quien lo administra. El que nos recuerda que una contratación pública no es una oportunidad para favorecer intereses particulares. El que establece que ser perseguido por un delito no significa perder el derecho a la vida y al debido proceso. El que impide que la violencia se convierta en una forma cotidiana de resolver conflictos.
La ética comienza precisamente allí donde aparece la posibilidad de hacer algo incorrecto y decidimos no hacerlo.
No basta con reclamar honestidad. La corrupción no se combate solamente con fiscales, policías, auditorías y tribunales. También se combate formando ciudadanos capaces de decir “no” cuando una ventaja personal exige pasar por encima de los demás.
Por eso, aunque estas noticias produzcan indignación, no quiero caer en la simplificación de hablar de una sociedad perdida.
Todavía hay personas que cumplen con su deber, aunque nadie las vigile. Hay servidores públicos honestos, empresarios que respetan las reglas, policías que arriesgan su vida protegiendo a otros, maestros que enseñan valores y familias que siguen diciéndoles a sus hijos que lo correcto no siempre es lo más fácil. Quizás el desafío sea recuperar esos límites y hacerlos respetar.
Una sociedad no se deteriora solamente cuando aumentan los delitos o aparecen grandes casos de corrupción. Se deteriora cuando empezamos a considerarlos como algo cotidiano. No todo está perdido. Pero no podemos permanecer indiferentes. La honestidad, la dignidad y la vida no se negocian.

