Por Altagracia Paulino
En junio de 1970, la muerte me enseñó algo que los libros no habían logrado explicarme. Un amigo se fue de este mundo, pero no de inmediato. Su cuerpo permaneció durante 72 horas en un umbral extraño, donde la vida parecía resistirse a desaparecer. La razón: su médula aún vivía.
Recuerdo que, mientras yacía herido de muerte en la emergencia del hospital Darío Contreras, los médicos pedían sangre para intentar devolverle la vida. Un grupo de jóvenes fuimos a la Cruz Roja con intención de donar. Fue ahí donde supe mi tipo de sangre. Entre una docena de amigas, la mía era distinta. Todas eran O Rh positivo y yo era B positivo. Se burlaron de mi “sangre azul”. Me dolió no poder donar porque mi peso no estaba dentro de los valores exigidos.
Esa experiencia, incomprensible para mí, me dejó una pregunta que ha tardado años en encontrar respuesta: ¿Qué sostiene la vida?
La ciencia tiene una respuesta. La médula espinal es eje vital. No es un simple conducto de nervios. Es el puente que conecta el cerebro con el resto del cuerpo. Por ella viajan las órdenes que nos permiten movernos, respirar y reaccionar. Es la columna invisible que sostiene nuestra existencia.
Más allá de la biología, la médula también es un símbolo: el centro, el origen, la estructura que da vida. En esa reflexión encontré otro paralelismo, esta vez en nuestra isla compartida, que habitamos y debemos cuidar, porque fuera de ella somos extranjeros.
La cordillera Central atraviesa la isla como una columna vertebral. En sus montañas nacen ríos fundamentales: Yaque del Norte, Yaque del Sur, Yuna, Nizao, Ocoa y Artibonito. Cada uno es una arteria de vida para campos, ciudades y comunidades enteras. Por eso se le llama la madre de las aguas. La Unesco reconoció esa realidad al declarar la Reserva de Biosfera Madre de las Aguas, formada por una parte esencial de la cordillera Central.
Los datos confirman la imagen. Esa zona alimenta siete cuencas principales, protege cientos de ríos y arroyos, aporta casi toda la hidroenergía nacional, irriga gran parte de las tierras agrícolas y abastece plantas potabilizadoras. No hablamos de belleza paisajística. Hablamos de agua, agricultura, energía, consumo humano y biodiversidad.
Así como la médula distribuye impulsos que permiten la vida en el cuerpo humano, la cordillera distribuye el agua que mantiene viva la isla.
Si la médula se daña, el cuerpo pierde su capacidad de sostenerse. Si la cordillera se degrada por la minería irresponsable, los ríos se debilitan, los suelos se erosionan y la vida comienza a declinar.
En otras entregas nos hemos referido a esta analogía: la cordillera como la médula espinal del país. Esa es la razón por la que la provincia de San Juan mantiene la vigilancia y la alerta. Allí se ha comprendido algo esencial: “El agua es un tesoro que vale más que el oro”.
Defender la cordillera es proteger nuestros ríos, garantizar el agua como derecho humano, preservar la capacidad productiva de nuestros campos y asegurar el futuro de las próximas generaciones.
Mi amigo, en su tránsito final, me dejó sin saberlo una lección que hoy cobra otro sentido. La cordillera es ese hilo de vida. Y como toda médula, hay que protegerla de la muerte.

