“¿Cómo sería el Gobierno ideal? ¿Cuál sería el mejor Gobierno? ¿Qué debe hacer un buen Gobierno?” Por Altagracia Paulino

Publicado por el periódico Hoy, este viernes 15 de Junio.

Estas preguntas parecen simples, pero hablo con amigos de otros países de nuestra región y en su mayoría no están conformes con el Gobierno que tienen ni con el que tenían anteriormente. Hice esta pregunta en mi cuenta de Twitter y la mayoría ofreció una respuesta que a su modo era políticamente correcta.

Más de mil de mis seguidores se expresaron de manera pesimista, y una respuesta recurrente fue “que no sea corrupto”, entre otras valoraciones que entienden como modelo para estar más o menos conforme con el Gobierno que han elegido.

De los amigos extranjeros, solo los chilenos mantienen una actitud poco crítica de sus gobiernos, ellos dicen que por encima de los gobiernos de izquierda o de derecha, para ellos es fundamental la institucionalidad. No establecen diferencias entre Michel Bachelet y Sebastián Piñeira, respecto a las instituciones, como, por ejemplo, la defensa del consumidor. Bachelet modificó la Ley y Piñeira se compromete a cumplirla e incluso a robustecer su aplicación.

Un mapeo por los gobiernos del mundo nos arroja que los países escandinavos se llevan la corona por ser dignos de confianza, y en este lado del hemisferio, Canadá figura entre las primeras 10 naciones del G8 cuyos gobiernos reúnen las características más apreciables.

Esas características implican: respeto por el medio ambiente, garantizar la seguridad de los ciudadanos, que sea agradable para sus ciudadanos y para los visitantes, que garantice políticas sociales progresistas, que sea transparente.

En un Gobierno ideal la corrupción no es un problema que enfrentar, como tampoco lo es la seguridad en los servicios sociales, como buena salud, educación, servicios públicos domiciliarios seguros y a precios justos.

En un Gobierno ideal no existe la complicidad entre los poderes políticos y económicos. En este tipo de Gobierno, los contribuyentes saben que deben pagar el 40 por ciento de sus ingresos, porque es la garantía de la paz social y el progreso, es en otra palabra, una forma de distribución de las riquezas.

En un país ideal con un Gobierno ideal, la brecha de la desigualdad no se percibe y la seguridad es tan elevada como en Canadá y en Japón, donde las familias dejan las puertas abiertas para que el que recoge la basura entre a buscarla, que usted deja su carro abierto con objetos y nadie los toca.

Un país y Gobierno ideal es aquel donde los tribunales penales casi no existen, donde han tenido que cerrar cárceles porque no hay delincuentes o como en Japón, donde la policía tiene poco que hacer porque en un año se presenta, si acaso, un solo homicidio.

En nuestra región, Centroamérica y el Caribe, solo Costa Rica puede exhibir valores como los deseados y se dan el lujo de proclamar que tienen más maestros que policías.

Una mirada al mundo donde la desigualdad no es tan marcada como en nuestro país, nos conmina al desafío de cambiar para ser mejores, no solo la percepción, sino la realidad; y no con discursos, sino con hechos reales, comenzando por el ejercicio de un Gobierno abierto y transparente que no dé cabida a la trapisonda y donde los ciudadanos se sientan seguros y con sentido de pertenencia. Eso en sí, genera legitimidad.

 

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